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50 películas que conquistaron el mundo: el cine como arte popular

50 películas que conquistaron el mundo: el cine como arte popular

¿Qué tienen en común «Blancanieves y los siete enanitos«, «Los cazafantasmas» y «Titanic«? Todas ellas se encuentran entre las 50 películas más taquilleras en la historia de Estados Unidos. La pregunta es: ¿por qué? Y a ella intenta responder el crítico de cine argentino Leonardo D’Espósito en «50 películas que conquistaron el mundo».

«El criterio económico hablaba de algo: el éxito del público. Entender por qué estas películas fueron tan vistas me obligaba a romper con mis gustos y prejuicios para encontrar una explicación, si se quiere, más democrática que el autocrático criterio del gusto propio», explicó D’Espósito en entrevista con dpa.

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Para el crítico, que forma parte de la legendaria revista de cine argentina «El amante«, el gran triunfo de Hollywood fue haber monopolizado la exportación de cine. Por eso, los títulos que figuran en la lista no difieren demasiado de los que fueron un éxito en otras latitudes.

Entre los 50 títulos más taquilleros hay para todos los gustos: desde «Lo que el viento se llevó» (1939) hasta «Los Vengadores» (2012), pasando por «Love Story» (1970) y «El padrino» (1972).

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Sin embargo, todos ellos tienen algo en común: se trata de «filmes de gran espectáculo (…) que concentran de un modo contundente ideas y tendencias, tanto sociales como estéticas, que giran libres en cada época y que, en un momento determinado, cristalizan en un espectáculo masivo», afirma el crítico en el prólogo.

Es así como, tras la Segunda Guerra Mundial, «en pleno auge del anticomunismo, en plena paranoia nuclear, en pleno embate de la pantalla grisácea de la televisión, Hollywood pensó que lo mejor era encomendarse a Dios», escribe D’Espósito. Por eso, los años 50 fueron testigos de una andanada de películas religiosas de gran espectáculo, capaces de competirle a la TV y de resaltar los valores más tradicionales como «El manto sagrado» (1953), «El cáliz de plata» (1954), «Los diez mandamientos» (1956), y la más recordada de todas, «Ben Hur» (1959).

Claro que, como indica D’Espósito, tras el asesinato de J.F.Kennedy en 1963 y la escalada en Vietnam, estas películas comenzaron a «sonar falsas». Los 70, en cambio, marcados por esta contienda bélica, el escándalo de Watergate y la revolución sexual, fueron, según el crítico, «una década de conflictos espirituales muy fuertes para Estados Unidos». «En 1973, Estados Unidos parecía haberse ido al diablo», escribe. Y ese fue justamente el año de estreno de «El exorcista«.

Es decir que, para D’Espósito, el cine da cuenta de algo preexistente antes que ser una maquinaria al servicio de inocular o transmitir ideologías, de «formar opinión». «Si así fuera, el realismo socialista habría logrado que nadie defenestrara el estalinismo a la muerte de Stalin, por ejemplo», dijo a dpa.

«Y yendo a Hollywood, la mayoría de las películas que menciona el libro están en contra del capitalismo, a favor de la comunidad organizada, incluso a favor del catolicismo (rarísimo en un país protestante), a favor de la rebeldía juvenil, de la mujer fuerte pero femenina. Ver ‘Lo que el viento se llevó’, ‘El Padrino’ o ‘Titanic’, que veo como el tronco de todo este conjunto, es ver algo que está en contra de la experiencia yanqui. Y sin embargo, los Estados Unidos se mantienen esencialmente ‘yanquis'», apuntó.

Para su análisis, D’Espósito parte de una premisa clara: el cine es, antes que nada, «un arte popular». «Nunca hay que olvidar que Emma Bovary no es más real que Bugs Bunny. Y que ambos, probablemente y por cómo forjan nuestra memoria, son más reales que nosotros mismos», escribe.

Y es que, como dijo a dpa, no le gustan las visiones elitistas sobre el cine. «El criterio exclusivista termina museificando el cine. Todavía es un arte que llega a un público muy amplio, por lo cual los que nos dedicamos a escribir sobre él tenemos constantemente el estímulo para la discusión. Pero eso solo se da si y solo si se mantiene como un arte popular. Si no, es solo un juego de especialistas, un conocimiento de elite, que excluye», explicó.

Esta visión no elitista le permite armar genealogías insperadas e interesantes entre los films. Al final de cada capítulo -uno por cada una de las 50 películas-, el crítico sugiere ver otras tres sólo en apariencia disímiles. Es así como, al final del capítulo sobre «Pinocho» (1940), de Walt Disney, sugiere ver «Los 400 golpes» (1959) de Francois Truffaut, uno de los padres de la nouvelle vague francesa, en tanto se trata de dos películas que tienen que ver con la educación moral de un niño.

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«Creo que hay poca imaginación en la crítica. Que es, aunque suene medio pedante, un ejercicio poético. Un crítico no tiene ‘razón’ sino que usa lo que conoce para ofrecer una mirada a otros sobre un hecho en este caso artístico. Y como pasa con todo arte cuando termina de construir su academia, se ata a un canon. Eso mata o esteriliza al arte», afirmó D’Espósito.

«Por otro lado, sinceramente, no encuentro diferencias de calidad entre ‘Pinocho’ y ‘Titanic’, como no las encuentro entre ‘El crimen del señor Lange’, ‘Terminator‘ y ‘Nueve Reinas'», apuntó. «Comparar horizontalmente es como decir que es mejor la milanesa que el canelón. Ahí lo que importa es el canelón como canelón y la milanesa como milanesa. Yo como de los dos, y también me gusta el fuet de ciervo. Lo como menos, claro».

Acerca Ariel Feliciano

Cuando no esta escribiendo o hablando de entretenimiento, búsquenlo en internet buscando formas de conquistar el mundo o al menos de volverse inmortal como Munra.

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